La hospitalidad: un mandato bíblico p.1

Vamos a tener una pequeña serie acerca de la hospitalidad que esperamos sea de mucha bendición y de mucho ánimo para ustedes.

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“Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones.” 1 Pedro 4:8-9

Por alguna razón tenemos la idea de que algunos mandatos de Dios son aplicables solamente cuando nuestra personalidad tiene la inclinación de obedecerlos. Si  soy introvertida digo algo como, “Yo no hablo mucho y no voy a reuniones porque así soy – y la verdad,  los demás me deben de entender, aceptar y respetar, porque al final de día así me hizo Dios.” Si somos extrovertidas decimos algo como, “Pues Dios me hizo así, así que tengo que decir lo que siento y ser siempre el alma de las reuniones y si los otros se ofenden, pues allá ellos. Yo soy así.”

¿Puedes ver el problema? En estos dos casos las personas están poniendo sus derechos a ser como son, sobre el bien de vivir en comunidad con la iglesia de Dios.  En ambos casos la personalidad de cada persona se convierte en su última autoridad, y los mandatos de Dios se vuelven relativos.

Un ejemplo muy práctico en relación a este tema es la hospitalidad. ¿Cuántas veces hemos pensado que seguramente este mandamiento no se aplica a nosotras porque “eso de la hospitalidad no se nos da”? Otras veces actuamos como que es un mandamiento que se debe poner en práctica  siempre y cuando “tenga los medios para hacerlo…” o “tenga una casa más grande…” o “tenga más espacio en mi agenda…”

Pero así como los otros mandamientos de Dios no están sujetos ni a nuestra personalidad, ni a nuestras opiniones, entonces debemos de buscar la manera de ser hospitalarios con la personalidad que tenemos y los medios económicos que Dios nos ha dado -la Biblia es clara, de su mano vienen los tiempos de prosperidad como los tiempos de escasez.

Pedro nos insta a que nos hospedemos unos a otros sin murmuraciones (1 Pedro 4:8-9) y Pablo dice que debemos practicar la hospitalidad (Romanos 12:13) -y  la palabra practicar, en el hebreo, en el griego, en inglés y en español significa hacer algo muchísimas veces hasta que lo hagamos con naturalidad.

Claro que para muchas de nosotros esto es algo que nos estresa mucho., desde, ¿Qué voy a cocinar si tengo un mini presupuesto? hasta ¿qué voy a hacer, si en mi mesa cabemos solamente cuatro personas? Es valido y normal hacer estas preguntas. Pero Dios nos ha dado creatividad y a través de la práctica podemos aprender a cocinar y a saber que ofrecer cuando nuestra casa es pequeña.

¿Cuál debe de ser nuestra meta en la hospitalidad?

La meta en la hospitalidad es abrir nuestro hogar como una extensión de nuestra persona para ministrar a otros.

Abrimos nuestro hogar para escuchar a nuestra familia y amigos en Cristo, para orar con ellos, para animarnos en la Palabra, para edificarnos con conversaciones que nos ayudan a crecer en nuestro caminar en el Señor -no para hablar de otros! Abrimos nuestro hogar como una extensión de nuestro corazón a nuestros amigos, vecinos, y familiares que no conocen el Evangelio con un deseo genuino de conocerlos, amarlos y hablarles del Evangelio. Y los invitamos no una vez, sino muchas veces para que vean nuestro interés por sus vidas y para que vean que nuestro hogar es un hogar diferente.

Como vemos, la meta de hacer hospitalidad no está relacionada para nada con mostrar que tan bien cocino, o que tan hermosa y limpia está mi casa. La meta de la hospitalidad no tiene nada que ver con nosotras sino con exaltar a Cristo en nuestro hogar.

Si eres soltera, puedes -y debes- practicar hospitalidad. Si eres introvertida, debes practicar hospitalidad, si eres extrovertida, debes practicar hospitalidad también. Tu meta no es quedar bien con otros, sino abrir tu casa, ofrecer tu mesa (aún con una tacita de café y una galletita), abrir tu corazón y enfocarte en amar y servir a los  que tienes enfrente.

Es por eso que como mujeres tenemos el gran privilegio de empezar a practicar esta hospitalidad bíblica con nuestra propia familia. Cada vaso de leche que servimos, cada plato de sopa, cada café, cada taquito, es un acto de amor que dice, “te amo y quiero que estés feliz aquí.” No reclamamos mil elogios, ni millón de gracias, gracias, gracias. ¡Claro que no! ¿Por qué? Porque empezamos a entender que la hospitalidad bíblica no es acerca de nosotras mismas sino de Cristo.

¿Y si eres soltera? ¿Y si no tienes hijos? No dejes que eso te engañe. Tú también puedes y debes practicar la hospitalidad bíblica y aún lo puedes hacer más seguido. Invita a otras personas solas en tu iglesia, invita a matrimonios jóvenes y mayores. ¡No desperdicies la situación en la que estás pensando solamente en ti misma! Abre tu casa, abre tu corazón a otros y avanza el Reino de Dios.

Bajo su sol y por su gracia,

Becky Pliego