Criando a nuestros hijos sin culpas

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La culpabilidad es una carga que nos arrastra y nos lleva a sequedades. David mismo habla de como la culpabilidad de su pecado lo llevo a la enfermedad física (Sal. 32). La culpabilidad de nuestros pecados es tan pesada que nos impide movernos, nos paraliza.

Cuando educamos a nuestros hijos muchas veces caemos en pecado. Muchas mamás pierden la paciencia cuando están cansadas, cuando por “n veces” les han dicho a sus hijos que se tranquilicen y no lo hacen. Justo cuando es la hora de salir, alguien tira el vaso de leche y hace que mamá explote. ¿Cuántas veces la misericordia no ha estado en tu boca, cuántas veces has reaccionado de una manera horrible en vez de la manera piadosa que Dios desea? ¿Cuántas veces te acuestas en la noche y no puedes dormir por el peso de la culpa del pecado en tu manera de educar, de disciplinar a tus hijos?

Cuando se forma el hábito de educar con culpa, también los hijos crecen en culpa. No hay gracia. No hay reconciliación. No hay redención. Solamente el peso del pecado que ni tú, ni tus hijos pueden llevar.

Y sabemos que, desde el primer matrimonio de la humanidad, cuando el hombre enfrenta el peso de su culpa, su tendencia es correr, pero no hacia Dios sino de Dios. La naturaleza del hombre siempre quiere tratar de buscar una manera -en sus propias fuerzas- de apaciguar la ira de Dios, de lidiar con la culpa de su pecado. De hacer algo “bueno” para tapar lo malo.

Como mamás hacemos lo mismo.

Puedes decidir ya nunca más disciplinar a tus hijos, nunca más decirles que deben o no hacer para no lastimarlos. Puedes escoger pasar por alto sus pecados y se te olvida que tampoco eso es amarlos. Puedes tratar de actuar como si nada hubiera pasado y les compras otro juguete y les dices una broma. A lo mejor un helado los hace olvidar a ellos -y a ti- el mal momento. Para mitigar tu culpa puedes también ir a tomar un café con amigas y hablar con ellas de como los hijos son terribles y es culpa de ellos que tu pierdas la paciencia siempre. Ellos son, al fin de cuentas (dices tú), quienes te sacan de tus casillas. Si ellos no hicieran ésto a aquéllo, si tan solo te obedecieran, si tan solo…. Pero siempre llega la noche y sabes que nada de ésto es válido para limpiar tu culpa, tu pecado.

Mientras carguemos con la culpa de nuestro pecado, no podemos ni educar ni disciplinar a nuestros hijos de una manera bíblica y efectiva. Una mamá llena de culpa explota siempre en ira porque la carga de su propio pecado es grande.

¿Cuál es entonces la solución a este gran problema de la culpa? David mismo nos lo dice en el mismo Salmo 32.

“Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad .
Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová;
y tú perdonaste la maldad de mi pecado.” (v.5)

Confiesa tu pecado a Dios hoy mismo, ahora mismo. En Él siempre hay perdón. El Padre quiere perdonar a sus hijos y quitar de ellos la culpa. Cristo murió por los pecados de su pueblo, pero también cargó con la culpa de esos pecados. Ven a Cristo.

David confiesa su pecado y su amargura es quitada, su pesadumbre se disipa y puede oír los cánticos de liberación con los que el Señor mismo lo rodea (v.7b). El Salmo termina con una exhortación de David a los santos. Nos anima a alegrarnos y a gozarnos -los justos, los que hemos nacido de nuevo, los que sabemos que tenemos la vida de Dios- a cantad con jubilo porque tenemos, por gracia, un corazón recto delante de Dios.

Querida hermana, no puedes cargar con tu propia culpa ni la puedes transferir a otro ser humano. No puedes poner tu culpa sobre los hombros de tu hijo, pensando que haciéndolo sentir culpable ya no vas a tener que cargar con tu propia culpa. No puedes tratar de echarle tus culpas a tu esposo, o a tus padres porque te enseñaron de tal o cuál manera, o al hombre que te abandonó con un hijo. No, eso es imposible. El único que puede llevar las culpas de tus pecados es Jesús y lo hizo hace más de dos mil años en la cruz. Arrepiéntete hoy de tu pecado. Solamente el perdón divino puede quitar de tus hombros la culpa que te arrastra y te hace arrastrar a tus hijos también.

Confiesa tu pecado a Dios y luego a tus hijos. Enséñales la gracia del perdón que hay en Dios. Enséñales con el ejemplo el camino al Padre, muéstrales la gracia del perdón, de la cruz. Llévalos a Jesús. Recuerda que no hay nada que puedas hacer para quitarte el pecado y la culpa que te carcome aparte de pedir perdón. La única manera de lidiar efectivamente con nuestro pecado es traerlo en arrepentimiento a los pies de Jesús. Solamente el perdón de Dios puede levantar ese peso.

“Los buenos padres son padres perdonados.” Ben Merkle

Gracia sobre gracia,

Becky Pliego

pc: Annie Spratt via unsplash