Un Matrimonio de Carne y Hueso

Ya es tarde y el día duerme y la luna está de guardia. Mis pensamientos se agolpan sobre el misterio que envuelven las sábanas.

Somos un matrimonio de carne y hueso.

Entramos a este pacto de la mano, lo sellamos, nos besamos y nos encontramos, de pronto, un hijo de Adán y una hija de Eva en la misma casa.

Se oyen mil voces afuera que dicen como hay que vivir dentro del matrimonio, pero la verdad es esta:

El matrimonio que quiere glorificar a Dios no puede hacerlo si no empieza con un arrepentimiento.

He oido decir a algunos pregoneros, de esos que venden barato, “Ven, Cristo arreglará tu matrimonio” la verdad es esta:

Debemos arrepentirnos ante Dios de nuestro egoísmo, de amarnos a nosotros mismos más que a Dios, de todas nuestras deudas, de lo que hemos hecho y de lo que no hemos hecho y deberíamos de haber hecho.

Sin arrepentimiento seguimos cargando con la naturaleza de Adán y Eva.

Sin arrepentimiento ante Dios no puede haber un cambio en nosotros.

Sin arrepentimiento no podemos estar en paz con Dios, menos con nuestro cónyugue.

El matrimonio es  a veces difícil porque no queremos ceder nuestros derechos, y porque seguimos buscando, en el fondo, nuestro propio bien.

El verdadero matrimonio, nos ayuda a crecer en el Señor, a santificarnos, a vivir la vida Cristiana.

Y sí, mi matrimonio es de carne y hueso… pero lleno de la gracia de Dios.