Entre Pastos, Lodo y Granjas

Estoy escribiendo esto desde el avión, sobre las nubes y con las piernas de mi niña sobre las mías mientras ella duerme una siesta bien merecida.

Vamos de regreso a la gran ciudad, al lugar en el que Dios nos tiene hoy, y venimos llenos de memorias que alimentaron nuestro corazón.

La escenografía para este gran evento fueron pastos verdes sembrados por los Amish, granjas rojas, lodo, niños corriendo, caritas llenas de pecas y una grandes sonrisas.

La música de fondo era ajena a nuestra cultura, sin embargo, el banjo y los violines hacían que los pies de los jovenes y niños se movieran por igual. Las risas y las palmas complementaban la escena y el aire estaba impregnado de alegría.

Las voces de los compañeros de las clases en línea tienen una cara, un cuerpo y en este lugar se encontraron; las miradas se cruzan, las manos se toman, la música sigue y la alegría es real.

Mi esposo disfruta a sus amigos, lo veo reir. Camino entre las mesas y encuentro a una amiga, a una alumna, a una joven que busca un abrazo y la música sigue.

Mis hijos siguen bailando, pero lo más extraño es que los veo disfrutándolo. Las risas, el ritmo, el sudor, estar en este espacio, todo lo diisfrutan.

La miradas se encuentran y después de fuertes abrazos y largas despedidas, todos nos vamos;  cada uno a su ciudad de origen, a su país, y nos vamos agradecidos por este tiempo en el que recordamos que nuestras amistades son reales, que tienen caras y brazos que saben abrazar.

Gracias Señor, porque nos tienes en este camino.