En Silencio

Cuando pienso en el silencio del que habla la Biblia, en la importancia de callar, me pongo a reflexionar en todas las palabras que en este diario vivir salen de mi boca y nunca debieron de haber salido.

“Tiempo de hablar y tiempo de callar” dice Eclesiastés, y parece ser que más seguido es tiempo de hablar que de callar.

El silencio, el guardar esas palabras que se quieren arremolinar y salir a como den lugar, es lo que hoy anhelo. Cerrar la puerta con un cerrojo de acero para que no salga de mi boca lo que contamina mi corazón.

Hablar solamente para edificar; para glorificar a Dios con esas letras que juntas tienen un sentido, y al ser pronunciadas son espadas en mano de un inexperto. Hablar para dar una palabra de ánimo, un elogio, una palabra de vida. Ser pronta para oir, lenta para hablar, tarda para airarme. Lenta para hablar…y ¿cuántas veces demando inclusive de mis hijos respuestas rápidas? La presión de hacerlos hablar prontamente está en mi y temo, enseñarles eso también.

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse…”
Santiago 1: 18- 20

Al silencio no lo necesitamos crear, está ahí, nosotros lo venimos a interrumpir. Ese silencio que en esta ciudad de bullicio, parece estar sofocado  y que tanto necesitamos. Aún esa música o algo al fondo para oir cuando la realidad es que no quiero y a veces no me atrevo a estar en silencio. No es cómodo. En mi cama, como dice el Salmista (Salmo 4), callada, meditando, no es una invitación tan fácil como parece.

Pero quizá, si empiezo a estar en silencio delante del Señor, meditando más en Su Palabra, podré con la ayuda del Señor a empezar a dominar mi lengua afuera, en la cocina y en la sala; podré llegar a no proferir palabras sin misericordia y vacias; sino palabras de vida, palabras que lleguen como el agua fresca al sediento.

Así que aquí estoy, aprendiendo a hacer lo que sé que debo de hacer y muchas veces no quiero:

Callar. 
Amar el silencio.
Tomar mi tiempo antes de hablar.